Hemos vivido mucho tiempo en un entorno empresarial que si hacías las cosas correctamente en un entorno 2.0 era “relativamente” fácil conseguir mucho con poca inversión. Desde tu casa, oficina o desde el sofá podías crear una comunidad que diera el pego y te reportara nuevos clientes.

Cada vez son más las noticias que nos muestran un futuro dónde las estrategias de pago se imponen por encima de lo gratis.

Nos dirigimos a un mundo dónde el contenido es el rey y los anuncios la corona. Sin el rey la corona no sirve de nada, y sin la corona no se distingue al rey.

Lo que me hace pensar en uno de mis cuentos preferidos de la infancia:

 

El flautista de Hamelin

Erase una vez…

Hace mucho, muchísimo tiempo, en la próspera ciudad de Hamelín, sucedió algo muy extraño: una mañana, cuando sus habitantes salieron al mundo 2.0, encontraron las calles invadidas por miles de potenciales clientes que merodeaban por todas partes, devorando insaciables la información de sus conocidos en redes sociales, querían saber qué compraban y dónde algunos atrevidos almacenes ofertaban los productos muy baratos.

Nadie acertaba a comprender la causa de tal invasión, y lo que era aún peor, nadie sabía qué hacer para acabar con tan inquietante plaga.

Los grandes y apalancados habitantes del mercado tradicional con su tozudez y pachorra negaban la realidad. Los pequeños y medianos no creían poder competir y apelaban a su tamaño para quedarse en la inopia realidad.

Por más que pretendían reclamarlos o, al menos, ahuyentarlos de esta nueva forma de compartir y comprar. Era absurdo competir. Cada vez acudían más y más clientes a la ciudad. Tal era la cantidad de clientes que, día tras día, se enseñoreaban de las calles y de las casas, que hasta los mismos gurús huían asustados.

Ante la gravedad de la situación, los prohombres de la ciudad, que veían peligrar sus riquezas por la voracidad de los clientes, convocaron al Consejo de sabios y dijeron: “Daremos cien monedas de oro a quien nos libre de esta situación”.

Al poco se presentó ante ellos un flautista taciturno, alto y desgarbado, a quien nadie había visto antes, y les dijo: “La recompensa será mía. Esta noche cada cliente os buscará en internet tal cual lo hace fuera de ello”.

Dicho esto, comenzó a pasear por las calles y, mientras paseaba, tocaba con su flauta una maravillosa melodía que encantaba a los clientes, quienes saliendo de sus escondrijos seguían embelesados los pasos del flautista que tocaba incansable su flauta.

Y así, caminando y tocando, los llevó a muchos lugares diferentes, pensados para ellos. Diseños, dibujos, juegos, fotografías, ofertas. Tanto que desde allí ni siquiera se veían las murallas de la ciudad del comercio tradicional. Desde ese momento tenían al alcance de su ordenador o teléfono móvil más información que nunca jamás hubieran pensado.

Pequeños, medianos y grandes, todos tenían las mismas oportunidades. Ofrecer su negocio, producto o servicio a todo aquel que quisiera seguirlo.

Por aquel lugar pasaba un caudaloso río de las redes sociales donde, al intentar cruzarlo para seguir al flautista, caían irremediablemente haciendo cada vez más ruido.

Los hamelineses, al verse al fin libres de las voraces tropas del online, respiraron aliviados, se habían unido a un nuevo mundo dónde cualquiera podía ganar. Ya tranquilos y satisfechos, volvieron a sus prósperos negocios, y tan contentos estaban que organizaron una gran fiesta para celebrar el feliz desenlace, compartiendo excelentes viandas y bailando hasta muy entrada la noche.

A la mañana siguiente, el flautista se presentó ante el Consejo y reclamó a los prohombres de la ciudad las cien monedas de oro prometidas como recompensa y un extra por la labor futura. Pero éstos, liberados ya de su problema y cegados por su avaricia, le contestaron: “¡Vete de nuestra ciudad!, ¿o acaso crees que te pagaremos tanto oro por tan poca cosa como tocar la flauta si ya tenemos a nuestros followers que hemos conseguido con nuestro esfuerzo?”.

dicho esto, los orondos prohombres del Consejo de Hamelín le volvieron la espalda y siguieron actuando como hasta el momento profiriendo grandes carcajadas.

Furioso por la avaricia y la ingratitud de los hamelineses, el flautista, al igual que hiciera el día anterior, tocó una dulcísima melodía una y otra vez, insistentemente.

Pero esta vez no solo eran los clientes quienes le seguían, sino todos los usuarios de la ciudad quienes, arrebatados por aquel sonido maravilloso, iban tras los pasos del extraño músico.

Cogidos de la mano y sonrientes, formaban una gran hilera, sorda a los ruegos y gritos de sus empresas seguidas, que en vano, entre sollozos de desesperación, intentaban impedir que siguieran al flautista.

Nada lograron y el flautista se los llevó lejos, muy lejos, tan lejos que nadie supo adónde, y los usuarios, al igual que los clientes, nunca jamás volvieron.

En la ciudad sólo quedaron sus opulentos habitantes y sus bien repletos graneros y bien provistas despensas, protegidas por sus sólidos perfiles y un inmenso manto de silencio y tristeza.

Y esto fue lo que sucedió hace muchos, muchos años, en esta desierta y vacía ciudad de Hamelín, donde, por más que busquéis, nunca encontraréis ni un cliente ni un usuario ni empresa que pague por ser vista.

FIN

 

[miscellaneous type=”superscript”]*cuento basado en “el Cuentacuentos de Llera”[/miscellaneous]