Las palabras sirven para expresar aquello que pensamos.

La elección minuciosa de cada palabra tiene como misión formar frases que completen nuestro discurso.

Nuestro discurso tiene que llegar en contenido y forma al receptor de la misma manera que fue creado en nuestra cabeza.

Si el receptor entiende B cuando tu quieres decir A, lo siento, pero tu discurso es B.

Los nervios del momento, las prisas o, simplemente, el desconocimiento de la propia palabra, pueden desvirtuar un mensaje perfecto.
Pero hoy no quiero hablar de la palabra que define el concepto, si no al revés. Romper esta idea básica para ir de delante hacia atrás. Cuando la palabra influye en el pensamiento.

Este verano, gintonic en mano, me hicieron una reflexión que agradeceré toda mi vida. Una lección de vida a nivel profesional y personal. Simple.

En esa agradable conversación de agosto dije, demasiadas veces, la palabra “problema”. En un momento, me pararon el discurso para decirme, simple y llanamente, que intentara seguir pero cambiando “problema” por “challenge”.

Fuera de discutir si es mejor “challenge” o “reto” me di cuenta que mi tono cambió, que la frase de después de “challenge” cambiaba. Cada vez que decía “problema” me hundía, cuando decía “challenge” debía encontrar una solución para seguir hablando.

Nuestra mente debe crear argumentos para proteger aquello que decimos. Somos incapaces de ser incoherentes y construimos una historia alrededor de nuestras verdades o mentiras. La historia de nuestra vida se escribe palabra a palabra y nuestros actos responden a ello.
Escuchémonos, pensemos en aquello que damos por bueno, seamos críticos sobre nuestras verdades absolutas, vayamos más allá e intentemos cambiar las palabras para que nuestra historia sea más fuerte, motivadora y nos ayude a tener un cuento más lindo.

Para complementar este post, os recomiendo la charla TED “Las narrativas complejas de nuestras vidas” de Lucas Raspall