Una historia sencilla:

Una recién casada sirvió pollo al horno y su marido le preguntó por qué le había cortado los dos extremos. Ella le contestó: “Pues porque mi madre siempre lo hizo así”.

Cuando la suegra les visitó, él le preguntó por qué cortaba los dos extremos del pollo. Ella contestó: “Porque así lo hacía mi madre”.

Y cuando la abuela los visitó, él le preguntó a ella también por qué cortaba dos extremos del pollo y ella contestó: “Porque esa era la única manera de que me cupiera en la cazuela”

(James, M. y D. Jongeward, 1971, p.97)

 

En el mundo que vivimos y con todos los recursos que tenemos a nuestro alcance, es una “estupidez” no ser crítico con todo aquello que hacemos. Aprender del pasado y de las personas que nos rodean es imprescindible para avanzar sin caer demasiadas veces y escoger el mejor camino. Pero todo aquello que recibimos debe ser pasado por un filtro interno personal e intransferible para hacernos responsables y ser conscientes que lo bueno puede ser mejor.

Os propongo un ejercicio, escoge un día de la semana y dedícate a preguntarte interiormente si todas y cada una de las tareas que realizas durante tu jornada laboral se pueden mejorar y del por qué lo haces como lo haces. ¿Te han dicho que se hacía así o lo has aprendido tú mismo/a? ¿Has incorporado alguna mejora al proceso? ¿Se puede hacer en menos tiempo? ¿Se puede hacer mejor? ¿…?