Estos días he tenido la suerte de vivir una de las experiencias más extraordinarias que creo se deben realizar al menos una vez a la vida: hacer el camino de Santiago. Me cogí una semana de desconexión, que dicho sea de paso necesitaba, y pasaba la mayoría del día con el móvil en modo avión.

De hecho, el smartphone fue lo único tecnológico que me llevé conmigo, ya que como he dicho quería desconectar al máximo. Pero a la vez me di cuenta de que vivimos en un mundo que bien planificado y con buena previsión podemos seguir generando a pesar de la distancia y la desconexión.

Durante esa semana:

Es decir, pude seguir haciendo mis colaboraciones habituales gracias a la tecnología del teléfono y a las diferentes herramientas que permiten programar las diferentes publicaciones. Este es el mundo en el que vivimos ahora mismo.

Un mundo en el que tenemos la mayoría del tiempo un pequeño aparatito en nuestro bolsillo o en nuestras manos que contiene un potencial brutal. Pero tan bestia es su poder que para que nos hagamos una idea, el hombre llegó a la Luna en el año 69 con la misión Apolo XI con una tecnología 100.000 veces inferior a un smartphone. Sí, sí, mientras nosotros lo usamos para publicar un tuit o subir una foto de Instagram, alguien logro llegar a la Luna con una tecnología radicalmente más sencilla.

¿No os parece fascinante? Bueno, tampoco sabía dónde quería llegar con este artículo pero sí me pareció interesante que más allá de jugar al Candy Crush y subir mis postureos en Instagram del Camino, le saqué algo más de provecho a mi Smartphone. No para llegar a la Luna, pero sí que llegué a Santiago.