Cada vez existe más literatura sobre como funcionan los algoritmos de Google, Facebook y de las distintas redes sociales, tanto para predecir lo que queremos comprar antes que lo hayamos incluso pensado (leed a Carles Fité en este artículo), como para crearnos unas burbujas de contenidos que nos hacen sentir cómodos, pero nos aíslan de una realidad plural. Sobre como funcionan estos algoritmos y todas sus derivadas, os recomiendo este artículo de Emiliano Iglesia, Gisela Martínez y Santiago Giraldo, con citas y menciones muy interesantes.

Hoy quiero hablar de esta segunda derivada de los algoritmos: las burbujas mediáticas. “El algoritmo de consumo automático, tanto en YouTube como en la información que nos aparece en una búsqueda de Google o en el feed de Instagram, es capaz de especializarse cada vez más. Nos ofrece justo lo que hace que nuestros deseos, pensamientos y elementos ideológicos se vean reforzados”, cuenta Emiliano Iglesia.

Los usuarios de redes tendimos a interactuar con aquel con el que coincidimos, es decir, recomendamos un comentario con un retuit o decimos que nos gusta con un like precisamente con lo que estamos de acuerdo. Pero eso hace que el algoritmo nos muestre cada vez más los comentarios parecidos a los que nos gustan, y a la vez, nos esconda los que entiende que no nos gustan. El señor Facebook –y todos– quiere que estemos a gusto en sus redes, que seamos ‘felices’, y por eso nos coloca cojines por todos lados, y si pudiera, también nos pondría pétalos de rosa bajo los pies. El problema es que cuando una cosa no la vemos, podemos llegar a pensar que no existe o es irrelevante, y automáticamente nos genera una sensación falsa de realidad.

Pero este fenómeno no es exclusivo del mundo on line por culpa del big data. En el mundo of line los humanos tendimos a actuar igual. En nuestras relaciones sociales y personales, nos juntamos con los amigos con quien estamos a gusto, que acostumbran a pensar más o menos como nosotros. Si con un amigo discutimos a menudo porque vemos el mundo de manera muy distinta, cada vez le veremos menos casi sin querer. No nos gusta discutir, nos incomoda. E igual pasa con las clases sociales. Las personas nos juntamos de manera inconsciente con otras de nuestro mismo poder adquisitivo, sea alto, bajo o medio. Si en un grupo de amigos, hay dos parejas que les gusta ir a cenar cada sábado a un buen restaurante de 40 euros por cabeza, y una tercera pareja no se lo puede permitir, esta acabará dejando de quedar los sábados con los demás con cualquier excusa. Esto es extrapolable a donde elegimos vivir –barrio o ciudad–, o a qué colegio llevamos los hijos. Este comportamiento humano provoca indirectamente burbujas de amistades, con quien más hablamos es con aquel que más se parece a nosotros, y eso nos priva de conocer otros puntos de vista y problemas sociales ajenos a nuestro mundo.

Con esta previa quería llegar a mi terreno, el periodístico. Las burbujas periodísticas en las que muchos ciudadanos estamos metidos, siguen el mismo patrón que en nuestras relaciones sociales o como hace Facebook por nosotros en las redes. La gente que no es periodista ni se dedica a la comunicación que lee periódicos, escucha la radio o mira la televisión, lee, escucha y mira solo una. La que más le gusta, la que ideológicamente se parece más a él. Pero cuando solo consumimos aquello que refuerza nuestro pensamiento e ideología, podemos llegar pensar que lo que dicen y escriben otros medios son manipulaciones o directamente fake news. Y esto es muy peligroso. Uno de los principios básicos para no caer en la desinformación es llevar una dieta mediática equilibrada. Leer –o seguir en redes– a medios de comunicación distintos permite sospechar de una información. Si solo lees una noticia que te parece importante en un medio y no sale en ningún otro, sospecha. Pero este mismo ejercicio lo deberíamos hacer también con las opiniones. Si solo leemos el ABC y a sus articulistas, podemos llegar a pensar que Pablo Iglesias es el demonio con cuernos. Y lo mismo pensaríamos de Isabel Díaz Ayuso con los periódicos de izquierdas. Pero id con cuidado también con los medios que se presentan como neutros y objetivos. Los únicos que son objetivos son los objetos, y los periódicos los escriben personas.

Salir de las burbujas periodísticas, y de las trincheras políticas que estas cavan, requiere voluntad y tenacidad para nadar contra corriente, pero es la única manera de tener la mente abierta. Si solo podéis comprar un periódico al día, haced el esfuerzo de variar, un día El Mundo, otro La Vanguardia y otro El País. Si por la mañana con el café y la ducha escucháis la radio, hoy sintonizad la SER, mañana la COPE y pasado RAC1. Y si cuando cenáis os gusta ver las noticias de la televisión, un día La1, otro TV3 y otro La Sexta. Hacedlo durante un tiempo y luego me contáis si seguís pensando igual que antes.